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Mes patrio. El nacionalismo banal y la imperceptible constitución de una identidad nacional

Ricardo Suaste



Desde mediados de agosto se empieza a observar un auge en las expresiones nacionalistas a lo largo de todo el territorio mexicano. Se hace evidente en las calles con los vendedores ambulantes, que ahora en lugar de ofrecer una serie de misceláneas que hacen referencia a lo que conforme el zeitgeist de la sociedad mexicana, optan por ofrecer banderas de todos los tamaños y cualquier otro artículo que pueda hacer alusión a la identidad mexicana. Entre sombreros, bigotes falsos, máscaras de luchadores y una amplia variedad de artículos tricolores, es que cada año recibimos el mes de septiembre. Así mismo, se empieza a observar que en casas que se habían encontrado desprovistas de cualquier ornamento, ahora ondean banderas mexicanas, y que en los sobrios edificios gubernamentales comienzan a aparecer luces tricolores y emblemas nacionales que adornan sus umbrías fachadas, en las cuales previamente sólo ondeaba una bandera mexicana.


La misma denominación coloquial que se le da a septiembre como el ‘mes patrio’, pone en evidencia su importancia simbólica como el mes en el cual las expresiones nacionalistas y la reafirmación de la identidad nacional se suscitan de manera más clara. Sin embargo, presuponer que es exclusivamente dentro de estos 30 días al año en los que se conforma la identidad nacional que rige al Estado Mexicano sería un error. Ya que si bien, las expresiones nacionalistas se manifiestan claramente en este periodo, es el condicionamiento que se lleva a cabo sutilmente los otros 335 días del año, a lo largo de nuestra vida, lo que sienta las bases para que la identidad nacional impere de la forma en la que lo hace.


Por esto, a partir del nacionalismo exacerbado que se manifiesta particularmente en septiembre, retomar las formas de nacionalismo que pasan desapercibidas el resto del año, es importante. Puesto que es mediante un ‘nacionalismo banal’ que se torna viable una expresión tan uniforme de la ‘mexicanidad’, por más lejana de la realidad que esté.


Ahora bien, actualmente la idea de nacionalismo parece estar reservada para ciertos contextos particulares, y es utilizada con esbozos de negatividad. La imágen por idiosincrasia de un nacionalista, actualmente, es la de un estadounidense de extrema derecha, anti inmigrantes, racista, xenofobico, conservador y extremadamente religiosos. Sin embargo, limitar el nacionalismo a esos extremos nos lleva a ignorar todas las otras expresiones en las cuales se manifiesta. Y es importante tenerlas presentes, porque el nacionalismo no sólo es la manifestación de una identidad nacional, sino que es una forma de darle identidad a los mismos individuos, sean o no conscientes de ello.



El autor Michael Billig en su libro Nacionalismo Banal, acuña este término para hacer una distinción ideológica entre ambas formas de nacionalismo. Reconociendo que existe una diferencia entre el nacionalismo que profesa un extremista que aboga por la erradicación de todas aquellas personas que no le sean semejante, y el nacionalismo que se practica en la cotidianidad por gran parte de los individuos. Ante la toma del concepto de nacionalismo como exclusivo a esas representaciones radicales, la idea de Nacionalismo Banal se utiliza como esa forma de definir los componentes que influyen en la constitución de una identidad nacional, entendiendo banal no como algo benigno ni inocente, sino como rutinario e imperceptible.


Resulta destacable que, a pesar de la globalización, los Estado-Nación han conseguido una permanencia dentro de la identidad de las personas, sin embargo, esto sólo se logra mediante el constante e inocuo recordatorio a sus ciudadanos de que pertenecen a una nación. Billig menciona que “la imágen metonímica del nacionalismo banal no es la bandera que está siendo ondeada conscientemente con una ferviente pasión; es la bandera colgando inadvertidamente de un edificio público.” (Billig, Michael, Banal Nationalism, 1995, p.8)


Es por esto que, aunque la imágen colectiva que tenemos del mes de septiembre es ese ondeado ferviente de la bandera, es imperativo reconocer que ese es el resultado de la conformación de una identidad compartida, que se nos ha inculcado inocuamente a lo largo de nuestra vida. Esta forma de nacionalismo exacerbado, sólo es viable por todas las expresiones de un nacionalismo banal que ejercemos y al que estamos sujetos día con día.


El estar situados dentro de un contexto político específico, es decir, dentro de los márgenes del Estado-Nación, implica estar sujetos a otras condiciones particulares. Estas son tanto culturales y sociales, como legales, e incluso emocionales; pertenecer a un Estado-Nación condiciona la forma en la que nos vemos en el mundo y cómo lo vemos a éste.


Sin embargo, las experiencias particulares de los individuos, aún dentro del mismo Estado-Nación, son radicalmente distintas; y a pesar de esto, parecería que existe una condición primigenia que busca unir a todas las identidades. Dentro de nuestro contexto particular de México, observamos que la identidad mexicana, por más ofusca que sea, está muy presente, aún más en el mes de septiembre. A lo largo del mes se nos recuerda de forma ferviente nuestra nacionalidad, que más allá de cualquier otra experiencia o identidad que poseamos, primeramente somos mexicanos. Evidentemente esto es efectivo, como menciona Billig, gracias a un condicionamiento inocuo el resto del año, que se vuelve patente en momentos de crisis o en situaciones específicas, tal y como lo es el 15 de Septiembre.


Ahora bien, independientemente de qué tan ofuscado esté aquello que se reconoce como identidad nacional, sigue permeando a los individuos. Esto es destacable porque la experiencia de ser mexicano es tan variada que resulta inconcebible el hecho de que tantas identidades puedan concurrir bajo la ‘mexicanidad’. Y la realidad es que no lo hacen. A pesar del mito recurrente sobre la unidad nacional y de la conexión trascendental que aparenta existir entre todas las personas que se identifican como mexicanos, mexicanas o mexicanxs, la realidad es que tal unidad existe exclusivamente bajo la constitución del Estado Mexicano, y fuera de éste, tal unidad se desvanece.


Esto se debe a que persiste la noción de que México es un concepto lo suficientemente amplio como para encapsular todas las identidades que le habitan, sin embargo, así como existen innumerables identidades paralelas a esa condición nacional, esa misma condición nacional contiene, en sí misma, variables igualmente innumerables y sofocadas. Tan sólo en la Ciudad de México, ser mujer en la Doctores es una experiencia radicalmente distinta a ser mujer en Polanco. De igual forma que lo es ser una persona queer en la Cuauhtémoc a serlo en Coyoacán. Y dichas distinciones se suscitan tan sólo dentro del micro contexto de la CDMX, por lo que si tomáramos en consideración el resto de los estados, las diferencias sólo se terminarían por exponenciar aún más. Ante esto, es evidente que conciliar una identidad nacional unificadora no es viable, sin embargo, aún persiste el mito no sólo de que es posible, sino de que de facto, existe.



En gran parte es que esa autoidentificación nacional que nos permea, resulta imposible de desmantelar efectivamente, porque el condicionamiento que se suscita desde la infancia, genera un sentido de identificación que es previo a cualquier otra forma de identidad que generamos. Desde la escuela con los honores a la bandera de todos los lunes, o la forma en la que en las clases de historia se nos remarca que es nuestra historia, o incluso el lenguaje que se utiliza en los spots del gobierno, y hasta las narrativas que se observan en la programación de la televisión abierta. Es desde esa banalidad que se consigue que antes de ser cualquier otra cosa, antes de que nos podamos autodefinir de cualquier otra forma, nuestro arché es nuestra nacionalidad, y nuestra ideología es la del Estado.


Sin embargo, dicha nacionalidad no es generalizada, ya que no encapsula todas las vivencias que se sitúan en dicho concepto, sino que establece un paradigma al cual hay que aspirar. Y en eso radica la identidad nacional, no en el reconocimiento particular de todas las identidades que conforman al país, sino en el ideal al que necesitamos llegar, independientemente de cómo nos identifiquemos.


Es por esto que resulta tan complicado alejarse de ese nacionalismo, porque por más que queramos suponernos más allá de éste, nuestra intrínseca conexión con el Estado-Nación nos ha llevado a asumir al Estado mismo como una extensión nuestra; y por lo tanto, sus ideologías y aspiraciones, como propias.


Ante esto es que constantemente nos vemos cumpliendo el presagio que se entona en el himno nacional, cada uno de nosotros como soldado, no por decisión, sino por condicionamiento. Desde la aceptación del militar como una figura de protección y autoridad respetable, hasta el impulso de exigirle a los demás que se adecúen a esos ideales nacionales.


Gracias a esto, el Estado ha conseguido proclamarse como el factor unificante. Sin el Estado, y sin la unidad que deviene de él, el Estado nos advierte que la única otra opción es el abismo. Sin la figura del Estado que mantiene la unidad social, no hay razón para que tantas divergencias identitarias converjan. Y es por esto que la ciudadanía misma es la que le exige a los demás que se adecúen a los ideales estatales.




Los gobiernos globales actuales han configurado su discurso en torno a la conservación de este Uno, que es cada Estado-Nación. Pero las disimilitudes entre todas las personas que conforman dicho Estado son cada vez más evidentes, por lo que existe una presión por conservar ese ideal aspiracional. Se acepta que existan tantas identidades, siempre y cuando, la culminación de ellas se coloque debajo de la visión monolítica del Estado.


Se acepta la existencia de las comunidades indígenas siempre y cuando se reconozcan bajo los estatutos del Estado, no los propios. El Estado no los reconoce como Zapotecos ni como Mixes, sino como ‘indígenas’, y mientras se atengan a esa determinación, son aceptados. De igual forma con las disidencias sexuales, que se les acepta siempre y cuando se atengan a unos roles específicos, el Estado no tiene gran problema con una pareja de hombres cis homosexuales que replican el ideal de la familia de México, con los roles muy bien definidos. Sin embargo, las personas trans o parejas queer que no repliquen estos estándares, son rechazadas. El Estado acepta y amapara todas las identidades, pero sólo mientras que éstas se adecúen a sus parámetros.


Y aún así, aún reconociendo que el Estado acepta disidencias si, y sólo si, se atienen a lo que ha establecido como aceptable; resulta muy complejo deshacernos de esa identidad nacional, porque mediante el condicionamiento constante se nos ha inculcado que es lo que debemos de ser, y que si no lo somos, al menos debemos de aspirar a serlo. En esto radica la importancia de entender que el nacionalismo banal configura quienes somos. En reconocer que la razón por la que en septiembre, por más que nos resistamos, replicamos los ideales que establece el Estado, es por esas formas de condicionamiento inocuas que persisten en nuestro día a día. Pues no todas las personas encajamos bajo esa identidad nacional, pero el Estado nos dice que, cuando menos, sí podemos aspirar a ella.


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